Los tóxicos son los demás

Hace pocos días impartí un taller sobre Resolución de Conflictos en Equipos de Trabajo, en cuya agenda figuraba un punto sobre Gente Tóxica que me habían solicitado incluir y que, por mí, habría suprimido. Así que decidí mantenerlo con mi personal aproximación.

No sostengo la simplicidad de que todo el mundo es bueno. Ahora bien, lo que me repele -y rechazo- es el oportunismo de autores que tratan el tema repartiendo recetas del tipo: “Cómo identificar a la gente tóxica”“Las claves para saber quién es tóxico” y similares. Luego describen listas de rasgos, características o comportamientos de la gente tóxica. En Youtube aparecen decenas de vídeos en la misma línea.

Y dicen: Los individuos tóxicos son egocéntricos, tienen una visión pesimista de las cosas, ocupan el rol de víctimas, carecen de empatía, son envidiosos, son infelices, no se alegran de los logros de los demás (me suena también a envidia), critican todo, agreden verbalmente y cosas por el estilo.

Parafraseando «El infierno son los otros» de Jean Paul Sartre, podríamos decir que “Los tóxicos son los demás”, lo que nos lleva, por obra y gracia del libro, del post o del vídeo de turno a vernos a nosotros como seres que han de protegerse de tales personas que, según dicen, están por todas partes.

En cambio, yo, que leo el libro o el post, visiono el vídeo, soy, por definición, lo opuesto: Altruista, optimista, generoso, empático… y me adornan otras cualidades. El caso es que, si los tóxicos son los demás, y de acuerdo con la lista de atributos que esos autores asignan a los elementos tóxicos, yo NO debo sentirme víctima y debo ser feliz, lo que me puede llevar a una contradicción si, precisamente, me siento víctima de los tóxicos más próximos y tendré que ser feliz a toda costa, porque, si no, ¡Soy tóxico!Este hilo de pensamiento, esta reflexión, nos sitúa donde estamos, es una cuestión de responsabilidad personal, ser conscientes de quienes somos y no desviar responsabilidades hacia los demás, porque, si hay gente tóxica a mi alrededor, al menos pasemos de verdad el filtro de esas etiquetas que les definen. Con un detalle: al valorarlas, vamos a realizar el sano ejercicio de compararlas con el nivel que alcanzamos nosotros mismos en cada una de las etiquetas. Si los valores son equivalentes o, quién sabe, si nuestra valoración en alguna de las etiquetas tóxicas resulta superior a las del tóxico de turno. ¿Cambiará nuestra forma de ver al tóxico? A ver si descubro que el tóxico soy yo.

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